Contratofobia, una epidemia que causa estragos entre los empresaurios

Contratofobia, una epidemia que causa estragos entre los empresaurios

Hasta los más poderosos tienen algo que les hace temblar de miedo. En algunos casos se trata de una debilidad propia, intrínseca a su misma mismidad en tanto en cuanto eso mismo que te estaba contando: Aquiles tenía su talón, los héroes trágicos la hybris. Puede tratarse también de algo externo a uno mismo, una sustancia adversa, como lo era para Superman la kriptonita o para este redactor el puñetero plátano de sombra, también conocido como me cagüen su estirpe. Puede ser un monstruo, como el coco para los niños, o una dificultad insuperable, como la gramática para Mariano Rajoy. Hoy en día, nuestra sufrida clase empresarial tiene su propio hombre del saco, con el que se enfrenta casi a diario: el contrato laboral.

Este enemigo feroz, que viene acompañado de los no menos temibles adversarios Convenio Colectivo y Estatuto de los Trabajadores, puebla las pesadillas de nuestros emprendedores. El horror de tratar con subordinados que tengan algún derecho por mínimo que sea, el pavor a las condiciones laborales más o menos dignas, el canguelo a una clase obrera que no tenga que arrastrarse por los suelos, la turbación de que los esclavos se cojan vacaciones: todos ellos son síntomas claros de un ataque agudo de contratofobia. Por no hablar de la dentera que da pagar impuestos y seguridad social y el asco que da que los siervos se te rebelen y se organicen en sindicatos, a ver dónde vamos a llegar.

¿Qué puede hacer un honrado explotador para combatir una dolencia que causa tales estragos?

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Mamá, hay un contrato debajo de mi cama

¡Huir, por supuesto! Ante tal amenaza, no es cobardía. Y si de algo podemos preciarnos en este país es de tener una clase empresarial con sobrados recursos para no tener que firmar contratos laborales. El falso autónomo, el inmigrante sin papeles (o simplemente pobre de solemnidad) que nunca reclama en nada y al que se puede pagar en cacahuetes o el ingenuo que se cree las promesas eternamente postergadas de contratarle y darle de alta en la seguridad social son los aliados más fieles en la lucha contra la lacra obsoleta y contraria al progreso de la dignidad obrera. Cuando todos estos métodos no son suficientes, el empresario patrio gusta de recurrir a las horas extras.

Desde 2008 las horas extras han costado a las empresas 25.000 millones de euros. Se calcula que por el mismo precio se podrían haber creado 800.000 puestos de trabajo. Y a esto habría que añadir la práctica cada vez más habitual de las horas extras no remuneradas, llamadas “hours by the face” o “esfuercitos” en el argot empresarial. Al éxito de estas y otras estrategias análogas ha contribuido no poco el auge del padefismo entre la plebe. Según estadísticas del INE, el porcentaje de trabajadores españoles que valoran sus condiciones laborales con las frases “al menos tengo trabajo” y “me pegan poco” se ha incrementado en un 30% y un 70% respectivamente en los últimos años. No es el único dato favorable para los empresarios aquejados de contratofobia: los expertos apuntan a la deserción de los sindicatos y a las últimas reformas laborales como hechos muy esperanzadores.

Con la ayuda de todos, hoy más que nunca parece posible que un día no muy lejano las palabras contrato, convenio colectivo, derecho laboral, salario justo y seguridad social pasen a la historia, para regocijo de unos cuantos.

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